Monday, May 21, 2012
   
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El rincón de Héctor Pol

ARTÍCULO "Sobre todo lo que prescribe"

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Es curioso que, cuando un hombre pierde la capacidad de la bondad o la maldad, es cuando se lo considera realmente bueno. En sus respectivos velatorios, los familiares admiran el carácter reservado de aquél hombre de negocios que nunca dijo que los quería; la forma en que su carácter exigente y perennemente inmutable los llevaba siempre a intentar superarse en una épica e infructuosa búsqueda del éxito. Las furtivas miradas que éste dirigía a su atractiva y joven secretaria, reprobadas anteriormente por sus empleados, siempre a espaldas del terrible jeque, serán en éste día intercaladas, no entre chistes sobre viejos verdes, como habitualmente lo habían sido, sino entre sentencias de pena y redundantes rotundidades a cerca de lo grande que hubo sido aquél hombre. Todo ello justo el día en que menos podrá el difunto escucharlos.

¿La bondad sería, pues, bajo el ojo vidente de la matemática, directamente proporcional a la debilidad, la vulnerabilidad o aún a la cercanía inevitable de la muerte? ¿Prescriben acaso tras la muerte, de una forma mágica, espontánea y lícita, el cómputo de los delitos de toda una vida? Poco hay que decir a ello; aunque la mona muera, mona se queda.

Pol Roca, 1º de abril, 2010

 

Barcelona

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Barcelona,

de sombras grises, enhiestas,

altas torres sobre las mareas.

Su aroma

y todas estas

almas

tristes, solas, cansadas y deshechas.

14.VIII.2010

 

I

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CAPÍTULO I

Una bruma espesa, casi sólida, llenaba la estancia. Una luz tenue lamía los rostros de los presentes irregularmente, engendrando un ejército de sombras alargadas y creando unos juegos de claroscuros que conferían a los rostros de los más viejos una apariencia grotesca. El humo del tabaco se elevaba con la lentitud mística del incienso, en una letanía sacrílega en la que participaban todos los presentes. Las bocas y las narices de los hombres lo absorbían y expulsaban mostrando tangiblemente la manera en que todos bebían del mismo aire.

El local había sido antaño una fábrica textil, como era propio de la periferia barcelonesa, que poco a poco había ido reformándose lo suficiente para albergar un humilde café que se transformaba cada noche en club de jazz. Las paredes eran de ladrillo visto, y la estructura férrea, oxidada en su mayor parte, había sido apuntalada en ciertos rincones sin intención de disimular el precario estado del edificio. Bajo los focos del pequeño escenario un saxofonista callejero saboreaba el efímero placer de actuar frente a un público. No era el dinero lo que lo llevaba a estar ahí, ni aquello lo acercaba en ninguna medida al sueño que acompañó sus noches desde los doce años y que un día terminaron por abandonarle; tan solo el momento por sí mismo tenía el poder de sumirlo en un estado que podría calificarse de felicidad. Tras él y como único acompañante se encontraba un batería que actuaba cada noche, siempre en segundo plano, con un contrato a tiempo parcial a modo de partitura. Tocaba mecánicamente, cumpliendo únicamente la función relativa a lo pactado. Bajo la monotonía de la percusión, aún se evocaba el arrítmico repique de los antiguos telares.

Los clientes del club eran, en su mayoría, hombres de alrededor de la treintena desaliñados y melancólicos; filósofos erráticos sin escuela, ni labor, ni una moneda en el bolsillo, que pedían un cigarro en las mesas contiguas a cambio de una exagerado e inverosímil relato de sus vidas: músicos y artistas de más o menos éxito que se lamentaban o autocomplacían acorde con su circunstancia; unos pocos señores de rancio abolengo que se jactaban de unirse ideológicamente a las aspiraciones de un populacho al que empleaban por un misérrimo sueldo; jóvenes ansiosos de formar parte de algún colectivo y curiosos que entraban, se sentaban, tosían o bostezaban con más o menos disimulo y salían con el convencimiento de haber vivido una enriquecedora experiencia, la cual tachaban de su abultada lista de cosas que hacer antes de morir.

En la mesa más alejada del escenario, enterrada en una semipenumbra, Gabriel, un chico no mayor de veinte años, jugueteaba mecánicamente con un mechero zippo. Abría la parte superior del encendedor con la misma mano con que lo sostenía, sin juegos, sin gracia; sin aquellos vistosos malabares que los jóvenes de su edad practicaban en la soledad de sus habitaciones para, más tarde, esperar ansiosamente el momento oportuno para dejar a sus amigos o a alguna que otra chica con la boca abierta; Gabriel lo hacía, en cambio, con el único propósito de la finalidad práctica. Lo encendía con el pulgar, observaba la llama durante unos segundos y, tras encenderse un cigarro perfectamente liado, la apagaba cerrando de nuevo la tapa. Aunque no escuchaba la música se sentía obligado a aplaudir al acabar cada tema. Levantaba la vista un segundo, sujetaba el cigarrillo con los labios, y entrechocaba las palmas de las manos profiriendo un sonido que quedaba diluido en el aplauso general.

Adrián llegó en medio de una pieza especialmente lenta y melancólica y se dirigió directamente a la mesa. Era un chico de estatura media que vestía de una forma voluntariamente desaliñada y miraba a través de unas gafas de montura ligera cuyos lentes no estaban graduados. Él era así; creía en la apariencia como reflejo, no del ser, sino de la imagen interior que cada uno guarda sobre sí mismo. Cuando el inmaduro de su hermano mayor, argumentaba, soñaba viéndose en tercera persona, la imagen que actuaba como si fuera él era la de un chiquillo de trece años; cuando un narcisista soñaba consigo mismo la imagen que lo representaba era la de un dandi, un seductor de proporciones pitagóricas. Él para sí mismo era un bohemio; un pensador enfrentado al sistema que había tenido la desgracia de nacer en el seno de una familia apoderada, sin ningún defecto físico ni ninguna desgracia pesando en su pasado. Aunque nunca se lo dije, sus teorías me parecían la mayor gilipollez que he oído decir a nadie; sin embargo, en aquel tiempo me divertía escucharlas y seguirle el juego. Ahora soy consciente de que lo que yo pensaba no era más lógico ni más verdadero.

El camarero acudió a la mesa cuando los músicos dejaron de tocar. Ignoro lo que pidieron los chicos, pero intuyo que fue lo de siempre: un wiskey con hielo y un vaso de agua para Adrián, y un café para Gabriel.

El saxofonista se iba adentrando cada vez más en su mundo, y para cuando Adrián se percató de la banda, el músico había perdido totalmente la noción de la realidad y dejaba brotar unas melodías que el murmullo general comenzó a calificar de “improvisaciones de un demente”.

Afuera la noche era perfecta. La lluvia de los días anteriores habían limpiado el cielo de impurezas y polvo. Del suelo emanaba un frescor estimulante y un olor a tierra mojada que nos embriagaba. Gabriel no había parado de fumar en toda la tarde. Lejos de allí, en la catedral sonaron dos campanadas. 

Es curiosa la forma en que contamos los acontecimientos. Empezamos por el primero y vamos avanzando numéricamente por todos ellos; el segundo, el tercero... hasta que tajantemente nos detenemos en el último. Los años, los sueños, las sensaciones, las causas y los efectos avanzan y se computan imperturbablemente. Cada número es un presente; cada número tiene un pasado y busca un futuro. Cada uno, excepto el último. El último es irrevocable y definitivo;  guarda un significado en sí mismo, marca el final de algo (el final del dolor, del placer, del sufrimiento, el final de la vida...) Recordamos el último, como un juez inapelable anclado en la memoria, y éste prevalece bebiéndose a los otros, doblegando su recuerdo, absorbiendo su intensidad. Es la juntura de todos; la síntesis de todos y la sublimación de todos: el último acto de la historia y su desenlace.

Toda historia tiene su final, y éste da nombre a la historia con la omnipotencia de los padres sobre un neonato, es lo único importante. Quizás cada hecho es un ensayo de lo que ha de ser, una sinopsis, una precuela de lo que ha de realizarse en la escena del gran teatro de la vida.

En la catedral sonaron tres campanadas. Habíamos andado hasta la playa de la Barceloneta. Caímos al suelo, rendidos. La arena nos absorbía, hacia abajo, nos envolvía y se nos colaba por doquier. Reíamos eufóricos, sin motivo, sin causa y sin finalidad. La risa por la risa, como el arte por el arte, la ponencia física de una nada radical y profunda. En aquél entonces era nuestra mayor arma. Reíamos porque éramos jóvenes, porque no podían acallarnos, silenciarnos, encerrarnos la mente. Porque la vida era corta, y, además, no importaba...

Sólo que no era cierto... Era la risa por la risa, casi sin ganas de reír, como el arte por el arte en cadena, el arte ebrio, ahíto de vino malo. En aquél entonces nos parecía lícito. Reíamos porque no teníamos opciones, reíamos porque éramos jóvenes, porque no podían acallarnos... o porque, en realidad, no teníamos nada que decir. No follábamos por la liberación, no nos manifestábamos por la democracia, y no fumábamos por la paz. Lo hacíamos para creernos a nosotros mismos, o para mentirnos,o simplemente porque estábamos desesperados.

No hay mayor desesperación que la desesperación pasiva. Pudimos escoger la rabia desesperada, el llanto desesperado, la sed desesperada... aquélla era una desesperanza de corazón, un desasosiego profundo e inagotable, como una fuente que mana agua turbia. Como aquél saxofón dorado.

Gabriel encendió un cigarrillo. Estaba, como siempre, apartado del grupo, aislado en una especie de universo al que nadie tenía permiso para acceder. Su ausencia no era una ausencia como lo de cualquiera, era una ausencia del alma, una introspección desgarradora.

   

Declaración de principios

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No he visto lo que hace la bala a un cuerpo de hombre

ni el tifus que labriega sobre la carne muerta,

mas sé que no son glorias, que no hay oro que honre

a quien hace del ser una carcasa yerta.

No he visto mil chiquillos llorar a las barreras,

pedirle a la alambrada un signo de clemencia.

No he visto mil despojos de hombre en las aceras

ni mil hogueras contra diez mil libros de ciencia.

No he visto, y es por ecos que intuyo en este ahora,

y son ecos que encierran un mundo que ahora acecha.

Percibo que hay quien busca la caja de Pandora;

hacer de un roce un quicio,y de un quicio una brecha.

¿Retornarán los muros a alzarse en las ciudades

y habrá quien crea cierto un himno belicista?

¿y habrá en nuevas cabezas más nuevas oquedades

y todo estará muerto adonde alcance la vista.?

Habitan los que añoran los tiempos de la guerra

las grutas de las naves de la caverna impía.

¡Mas no dará más guerras la entraña de esta tierra

mientras me quede aún en ésta tierra un día!

 

Harto trabajo

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Es la saeta de un reloj hastiado

de contar tras su crisol el tiempo.

Viene, tras cada segundo, de continuo otro

Harto trabajo para tan poco hierro!

   

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